Las urgencias del hospital estaban tranquilas, y eso era raro. Miró a los lados con su mano -envuelta en un paño de cocina- apoyada en el pecho. Apenas le había dado tiempo de ponerse nada más decente que lo que llevaba cuando tuvo el accidente en la cocina - unos vaqueros cortos y algo desvencijados, una camiseta de tirantes roja y el pelo recogido en un moño desaliñado con mechones que le caían en el rostro-.
Laura suspiró y movió sus dedos envueltos en la tela, sintiendo unos pinchazos. Cruzó hasta la sala de paredes blancas y suelo brillante. Allí apenas había dos personas esperando y otras tres que leían un libro o revista. En la parte de recepción podía ver a un médico de espaldas que hablaba apoyado en la recepción con la enfermera de turno.
Laura esperó unos minutos pero no ocurría nada en aquel lugar. Ella siempre había pensado que las urgencias de un hospital estaban atestadas de accidentes, paramédicos histéricos y médicos gritando síntomas y números de habitaciones pero parecía ser que no siempre era así.
A veces había días que las urgencias eran menos urgencias... o tal vez es que toda la gente se ponía de acuerdo para ir a la misma hora a esa sección de los hospitales. Taconeó con los talones de sus convers y chasqueó la lengua. Le dolía la mano y tenía que volver a casa lo antes posible, apenas recordaba si había apagado con acierto la vitrocerámica -y lo último que quería era dar una excusa de hablar a Rocío-.
Se levantó de la sillas de plástico y se encaminó hacia la recepción con el ceño fruncido, no era dada a ir de protestona pero realmente aquellas urgencias eran un desastre. Ni la enfermera ni el médico -el cual era obvio pues estaba de espaldas a ella- la vieron venir. Laura pudo escuchar un fragmento de la conversación:
-Y le dije que se fuese al diablo.
-Una buena respuesta.
-Eso mismo pensé yo.
Laura carraspeó.
-Perdonad, me he quemado y...
La enfermera alzó las cejas y se volvió a sentar en la silla que tenía frente al ordenador de la recepción. El médico se volvió para mirarla. En esos momentos a Laura se le fue un poco el santo al cielo y pudo recuperarlo de milagro. El médico era un tío que no estaba nada mal. Pelo rizado-ondulado de color castaño y ojos grises. Iba con una bata de color blanca como todos los médicos -en series y realidad, suponía Laura- encima de uno de esos trajes de medicina de color azul claro. Contra toda creencia de Laura -la cual pensaba que aquellos uniformes eran horrendos y no quedaban bien a nadie- a aquel tipo la bata le daba un atractivo que solo podía ser superado con el estupendo traje de la película 300 -o sea, taparrabos de cuero y capa larga y granate... que deja ver todos los músculos que...-.
Laura parpadeó y repitió un poco tartamuda.
-Me he quemado...
-Eso ya lo has dicho-respondió el chico con una sonrisa- Ven preciosa, veamos tu mano-la dijo poniéndola una de sus grandes manos de dedos largos en la espalda y guiándola hasta una de aquellas salitas de urgencias.
Laura pensó que tal vez haberse quemado había valido la pena, sonrió para sí.
-Siéntate aquí-le dijo él señalando una camilla y cerrando la puerta tras ella.
Laura se sentó obediente y con una ligera sonrisa le tendió la mano. Él desenvolvió su mano con tranquilidad como si no hubiese nada más que hacer.
-¿Cómo te llamas?-le preguntó mirándola.
-Laura-respondió ella sintiéndose idiota por no haberse cambiado de ropa.
-Un nombre bonito.
-Gracias.
La mano de ella estaba un un poco rojiza y a Laura sus dedos se le asemejaban como las salchichas sin cocinar.
-Puff-resopló ella.
-¿Cómo te la has hecho?
-Cocinando, se me ha caído aceite y...
-Debo decirte que tengo malas noticias-replicó el chico.
Laura se puso seria, temiendo lo peor.
-Ay dios...
-Tendré que cortarte la mano a la altura de la muñeca...
-¡¿QUÉ?!
-Es broma-rió él- No pasa nada, solo es una quemadura de primer grado. Has tenido suerte el aceite hace muchos estropicios...
Laura respiró tranquila, tras unos segundos sonrió.
-Soy una ingenua, no me digas que me vas a cortar la mano porque me lo creo.
-Ya veo-asintió el médico con una sonrisa levantándose y yendo hacia un mueble blanco que abrió -estaba lleno de gasas, botes blancos, jeringas y más cosas que hicieron que a Laura se le pusiese la carne de gallina-.
-Ser... ser ingenua es una fatalidad-acertó a decir para desviar su atención de aquel estante de terror.
-No te creas-contestó él poniéndose unos guantes blancos de látex y cogiendo un bote y gasas. Se sentó en el taburete que había frente a la camilla y destapó el botecillo- A mi me encantan las ingenuas-la guiñó un ojo- dame tu mano.
Laura durante unos instantes se quedó de hielo - ¡¿un hombre ligando con ELLA?! ¡No podía ser! ¡¡Aquello era un sueño!!-. Cuando realmente se dio cuenta de que el piropo iba en su dirección pues era la única ingenua de la salita, sonrió y tendió su mano.
-Pero no me la cortes ehh...
-No, tranquila-sonrió él.
Ella pensó que sin duda el día estaba mejorando - después de una mañana estresante de Miércoles con clases aplastantes y con una tarde larga en la que debía hacer varias recetas... sí, sin duda el día había mejorado al llegar a urgencias-. Bendito aceite malintencionado.
Hubo un momento de silencio.
-Y dime, ¿eres muy dada a cocinar o es que te encanta echarte aceite caliente sobre estas manos tan bonitas?-preguntó él tras haber extendido una pomada sobre la parte rojiza y cogiendo las gasas. Laura sonrió.
-Obviamente echarse aceite en las manos es MUY entretenido pero la verdadera razón es que estudio repostería.
-Vaya, que interesante.
-Lo es-asintió Laura- sobre todo cuando tienes que comerte lo que has hecho.
-Mientras no hayas echado sal en vez de azúcar-bromeó él.
Ella sonrió y dejó que él la vendase la mano con esos dedos tan ágiles que tenía. Laura se descubrió fantaseando sobre esos dedos y no pudo evitar ponerse colorada.
-Ya está, te recomiendo que te compres una pomada para las quemaduras. Al ser de primer grado tardarán unos siete días en curarse y cicatrizar pero si te las tratas con cuidado no dejarán marca-él se deshizo de los guantes y los tiró a una papelera.
-¿Y qué pomada me recomiendas?-preguntó Laura poniéndose en pie.
-Bueno está Furacin o Picrato... Las dos están bien-respondió él saliendo tras ella de la sala- Aunque hay algo mucho mejor-apuntó él en la recepción cogiendo un boli y un pequeño cuaderno.
Parecía que en ese momento era cuando la gente comenzaba a ir a urgencias porque se estaba llenando con rapidez. Había algún paramédico y varias enfermeras. Un hombre con una venda en la cabeza pasó sentado en una silla de ruedas que guiaba una enfermera de uniforme rosado. Había más médicos que apuntaban en tablillas con folios. ¡La hora punta!
-¿Sí? ¿El qué?-preguntó ella mirándose la venda... ella no conseguiría vendársela así ni de coña, terminaría con un guiñapo de trapo blanco sobre la quemadura y su mano sería una patata rojiza eternamente...
Él le tendió el pequeño papel en el que había garabateado. Laura miró el folio pequeño creyendo que habría algún nombre de medicina-pomada-mejunge asqueroso para la mano, pero no. Allí lo que había era un número de teléfono: "618 534..." Levantó con rapidez la mirada hacia él. El médico la sonrió.
-Llámame y te daré yo mismo la pomada donde quieras-la dijo con una media sonrisa y guiñándola uno de sus ojos grises.
A Laura se le subieron rapidamente los colores al rostro. Un médico pasó al lado de "su" médico y le dijo que tenía que ir a la sala 2 para atender a una urgencia con unas tijeras o algo así. Él asintió y volvió de nuevo hacia Laura.
-Bueno, espero volver a verte...
-Laura.
-Laura. Ha sido un auténtico placer-se despidió haciendo una reverencia que hizo que ella sonriese como una tonta- espero que me llames-la guiñó un ojo de nuevo y la dio la espalda para empezar a caminar por el pasillo hacia las salas.
-¡Espera!-dijo Laura alzando la voz- ¿Có..cómo te llamas?
-¿Cómo quieres que me llame?-ligó él. Eso ocasionó otra oleada de color y una sonrisa en Laura- Llámame Miguel.
Uooo que maquina de ligar!
ResponderEliminarJejejeje pues está modositoo!!! ;)
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